¿Cómo nombrar ese movimiento
“del” y “en” el analista que a veces lo transforma de un modo sorpresivo en el
curso de un tratamiento? Y no nos referimos aquí a los efectos más o menos
transitorios del fenómeno contratransferencial sino a los efectos permanentes
en su subjetividad que dejan en el analista ciertos momentos del encuentro
clínico con los pacientes.
Salud Familiar (*). Vanna Andreini
![]() |
| Ilustración: Laura Ripesi |
II.
Tus manos amarillas
descansan sobre tu pecho
desinflado mudo
mis descompuestas danzas
no las mueven a caricias
una sobre otra
esperan perder cuerpo
esparcirse
como semillas húmedas
XIV.
Te vi serena
ante la inminencia
de esa tapa oscura
Sentí tu voz
antes del último clavo
sobre ti
sobrevolando mi cuerpo
entero
ese día
acostada
tomabas mi mano
miles las agujas
en tu cabeza
entera
me sonreías
vernos y no desbordar
en el dolor
allagare:
hacer lago
de lágrimas
XXIV.
los cuerpos se entierran
bajo la luz incandescente
del mediodía
las almas aparecen
huyendo de la noche
te espero
con la luz prendida
para tomarte la mano
y serenarte
es definitivo
pero te acostumbrarás
(*) 1era. Edición - La
Tablada: El Ojo del Mármol, 2015
Sobre dos fenómenos transicionales que Surgen de la clínica: Una aproximación metapsicológica. (1) Por Alejandro Cerda. (2)
Los fenómenos transicionales están presentes a lo largo de
la vida, ya que con cada pérdida que se presenta en ésta, remitirán a la
pérdida fundamental: el paraíso perdido. Así se identifican dos fenómenos en
nuestro trabajo clínico que sirven para que el aparato psíquico conserve la
energía necesaria para reorganizarse. Estos dos fenómenos los definimos como el
sueño transicional y la alucinación transicional, mismos que se explicarán en
el presente trabajo.
![]() |
| Laura Ripesi |
Decir no. Por Cynthia Szewach
George es el
nombre que titula un relato que me llamó la atención. Es el último escrito de los
ejemplos tomados en Therapeutic Consultation in
Child Psychiatry, publicado en 1971 y
traducido como Clínica
psicoanalítica infantil[2] .
Allí dice: “los detalles son similares a muchos otros casos”, sin embargo,
al escucharlo, lo que nombra como “su evolución”, no le brindaba
esperanzas. Lo que continúa es contundente. Winnicott, formula que no va a poder atender al
jovencito porque, “George parecía no
existir”.
Con este conmovedor relato de su práctica concluye el
libro. La impresión es que las narraciones generosas en la mostración de una experiencia
analítica cotidiana con niños y
adolescentes, en la puesta en acto del juego del garabato, los sueños, los límites y posibilidades de una práctica
singular plagada de detalles, el libro en
su final muestra un final, cae.[3]
¿Qué (me)
transmite el relato de este “caso”? ¿Qué
formulaciones acerca de la posición de un analista nos hace escuchar?
El libro, está dedicado exclusivamente a la narración
escrita y testimonial de consultas,
nombradas como “consultas terapéuticas”. Estas no necesariamente
derivarán en un trabajo posterior. Plantean en sí una operatoria. En algunas de
ellas, donde las circunstancias que rodean al niño son adversas sugiere
evitarlas. Desde ya la distinción de aquello que plantea Winnicott como factor
adverso externo, no carece de complejidad e interés. Enuncia en la introducción que con dichos relatos no pretende “probar
nada”. Allí radica uno de los modos de
su honestidad. Lejos de una
intencionalidad anticipada, lo atraviesa un no saber de aquello que se va a
decir o producir.
Georges tiene 13 años y es llevado a la consulta en
particular por sus robos.
Desde el inicio,
en una impactante retórica “elegida”
para ese relato, nos anticipa su
conclusión: dice que George, no se puede tratar. ¿Qué lo lleva a esta
aseveración tan poco esperable en el
recorrido de las apuestas esperanzadas
que habitualmente leemos en Winnicott?
Escribe: “era
probable que no llegarían a jugar juntos”, “I would probably not find our selves playing together”, o más enigmáticamente, que él no los encontraría jugando juntos[4].
Si bien George se
mostraba con buenos modales y cortesía,
“parecía estar de alguna extraña manera ausente.” Su
manera de formar parte de la escena se acentuaba bajo la forma de la
complacencia. Si bien realizaba robos,
no tienen en la escucha Winnicott el
valor de esperanza que le adjudica a los casos destinados a la idea de deprivación. Parecen ser leídos, como robos que no se dirigen a nadie, ni
pretenden recuperar nada.
El lugar donde Winnicott ubica lo
que describe como “lo mejor” de Georges, es en su dolor de cabeza y en
el empleo de algunos ruidos.
Lo invita al juego del garabato: “desde
mi punto de vista éste (señalando un dibujo) era la aniquilación de sí mismo”,
“era como si estuviese dibujando la ilustración de su propia muerte que se
produjo después de haber nacido”
dice Winnicott usando su imaginación, frente a este muchacho que agrega “parecía no existir” (“this
boy who seemed to be non existent”) establece lo no existente.
El joven que “no conocía los sueños”, sin embargo comienza
a soñar. Aún así, no fue razón suficiente para proponer un posible
tratamiento analítico: “la falta de juego y de sentido del humor persistía”. Winnicott acentúa la
persistencia.
Historia: La familia de G. luego de la Segunda Guerra, antes del nacimiento del
niño, adoptaron, con y por la retribución subsidiada por el Estado, dos niños
huérfanos. Al quedar la madre embarazada
de Georges, retrasándose por impedimentos sociales o
médicos, la posibilidad de realizarse la interrupción del embarazo, no puede
seguir ocupándose de su actividad retributiva y decide dejar a los niños que
criaba, por un bebé que no quería tener. No se lo deseó, “he was not
wanted “dice Winnicott, sobrevivió
porque se lo apaciguó, con dulces o dinero en el medio de una incesante
gritería.[5]
Toma finalmente una decisión: “Observé que no debía implicarme en este
caso” … “ si
lo veía dos o tres veces más yo mismo estaría comprendido en sus sueños y por
lo tanto debería asumir el caso dándole un carácter prioritario y no estoy en
condiciones de hacerlo”
Winnicott asume la decisión de realizar una derivación
a lo que en el texto llama agente de libertad vigilada, poniéndolo en contacto
con Probation Officer. Enigmáticamente al finalizar el relato, cuenta: “me
sorprendió que la madre pareciera estar agradecida por algo…”
Breves
Comentarios
Es en principio el recorte de una lectura posible. En este enigmático
trayecto, relatado fragmentariamente, podemos ubicar un analista que forma parte de la escena que
transmite, como Velazquez en las Meninas, así como formamos parte de la lectura
y en aquello que se recorta, en la “puesta
en relato con su dimensión de ficción”, de lo que se lee de lo que se escribe,
de lo Real de la práctica y en lo perdido de la transmisión.
Una de las primeras preguntas: ¿está acaso con
la decisión producida signándose un
destino? ¿Se trata de resistencia en tanto resistencia del analista? ¿Se trata
de un acto?
Esa inclusión no
proviene de un saber referencial, ni el campo de la técnica “Desde un punto de vista teórico no me sería
imposible tratar a este chico”..[7] No
se trata de conceptos, se trata de los efectos del lenguaje.
En su operatoria
analítica, dicha en una clave personal,
“no estoy en condiciones de…” no constituye un Universal
En su intervención no hay apaciguamiento. Hay
marca de la diferencia y un trabajo con
las marcas de una historia y de la época.: Los acontecimientos de la Segunda
Guerra, sus efectos de catástrofe,
inciden en los cuerpos hablantes y no hablantes, en este caso, en una
ausencia de lo vivo, ausencia que
impide haya lo existente y por ende un posible encuentro analítico.
Lo que un
analista, en esta ocasión Winnicott,
escuchó sin saberlo, sostenido en
la impresión transferencial de ese
encuentro singular lo conjeturo: Continuar con las entrevistas hubiese oficiado
como la reproducción del mismo lugar que
el de una madre que siguió a su pesar un embarazo sin poder tomar una decisión. Es mi lectura de su acto.
Por otro lado
muestra, que el psicoanálisis no se
ocupa de todos ni de todo, no es una práctica de lo asistencial. Presenta
también que aquello que ocurre, es
aquello que se cifra en la contingencia de ese encuentro. Lo que sucede no es
producto ni resultado de una especialización.
Winnicott no
localiza, sino salvo apenas en el
incipiente chasquido de un ruido que no es grito o en la presencia del dolor
que arrima un lugar al cuerpo, un sitio donde se presente una posible Demanda.
Aunque no escribe que George no existe, él enuncia que parecía no existir. Si bien
el campo de la existencia implicaría que delimitemos algún concepto en juego,
es allí, paradójicamente, donde realiza una apuesta[8] y efectúa como desprendimiento, una
derivación, se deriva a otro lugar posible.
Transmitir es
querer transmitir, pero ese deseo se tropieza con lo imposible. Transmitir es
transmitir lo imposible de transmitir[9]*
* Es la
reescritura de un artículo publicado en
“Psicoanálisis y el hospital”
numero 37 bajo el titulo Transmisión hoy ayer
[1] Agradezco a Jorge Rodríguez quien hace varios años me sugirió la lectura del caso
George, y por la facilitación del texto
en su original.
[2]
¿Es uno de los ejemplos donde la traducción mejora el original? Al
respecto es interesante la conferencia de Borges “La música de las palabras y la traducción”
en Arte Poética.
[3] Es una imagen que transmitió Inés
Villalba, cuando relaté el texto al dictar una clase sobre
transmisión y caso. Podemos hacer trabajar la idea de caso en su etimología como caída, fall, drop,
[4] Comunicación personal con Moira Iglesias,
quien ubica allí en el ouerselves el nombre de un imposible, pero que no incluye, la posibilidad que se produzca un analista en el juego.
[5] La observación aguda de Winnicott, nos
trae la evocación de aquello que Lacan en su conceptualización plantea en La
conferencia de Ginebra s obre el síntoma,
1975,: “ los padres Modelan al sujeto en esa función que titulé como
simbolismo. Lo que quiere decir estrictamente no que el niño sea principio de
un símbolo, sino que la manera en que le ha sido instilado un modo de hablar,
no puede sino llevar la marca del modo bajo el cual lo aceptaron los padres. Sé
que esto presenta toda suerte de variaciones y de aventuras”
[6]
puedo recordar algunos ejemplos de mi práctica, donde sería interesante pensar, el estatuto de cada No, en relación a una decisión que en
ocasiones puede implicar no atender , no continuar entrevista , no
iniciar un análisis, no dar un certificado “psi” exigido , no aceptar un
pedido de derivación a medicación ,
etc.
[7] D. Winnicott, texto citado. Continuamos preguntándonos
¿Dónde se autoriza un analista? ¿Qué quiere decir aquí en Winnicott. esta frase enigmática? “desde
un punto de vista teórico…”
[8]
¿Se trata entonces de una apuesta ligada a la noción de acto? Si suponemos allí el acto en un analista en relación a una
decisión, podemos incluir la conjetura que se pueda producir una operación
fundante en ese acto, y en tanto tal ligada a la repetición y a la marca. Hay
interesantes disertaciones al respecto en la Revista
Conjetural número 36, en especial el trabajo Una Lógica de la castración de S. Glasman
* Es la
reescritura de un artículo publicado en
“Psicoanálisis y el hospital”
numero 37 bajo el titulo Transmisión hoy ayer
[1] Agradezco a Jorge Rodríguez quien hace varios años me sugirió la lectura del caso
George, y por la facilitación del texto
en su original.
[2]
¿Es uno de los ejemplos donde la traducción mejora el original? Al
respecto es interesante la conferencia de Borges “La música de las palabras y la traducción”
en Arte Poética.
[3] Es una imagen que transmitió Inés
Villalba, cuando relaté el texto al dictar una clase sobre
transmisión y caso. Podemos hacer trabajar la idea de caso en su etimología como caída, fall, drop,
[4] Comunicación personal con Moira Iglesias,
quien ubica allí en el ouerselves el nombre de un imposible, pero que no incluye, la posibilidad que se produzca un analista en el juego.
[5] La observación aguda de Winnicott, nos
trae la evocación de aquello que Lacan en su conceptualización plantea en La
conferencia de Ginebra s obre el síntoma,
1975,: “ los padres Modelan al sujeto en esa función que titulé como
simbolismo. Lo que quiere decir estrictamente no que el niño sea principio de
un símbolo, sino que la manera en que le ha sido instilado un modo de hablar,
no puede sino llevar la marca del modo bajo el cual lo aceptaron los padres. Sé
que esto presenta toda suerte de variaciones y de aventuras”
[6]
puedo recordar algunos ejemplos de mi práctica, donde sería interesante pensar, el estatuto de cada No, en relación a una decisión que en
ocasiones puede implicar no atender , no continuar entrevista , no
iniciar un análisis, no dar un certificado “psi” exigido , no aceptar un
pedido de derivación a medicación ,
etc.
[7] D. Winnicott, texto citado. Continuamos preguntándonos
¿Dónde se autoriza un analista? ¿Qué quiere decir aquí en Winnicott. esta frase enigmática? “desde
un punto de vista teórico…”
[8]
¿Se trata entonces de una apuesta ligada a la noción de acto? Si suponemos allí el acto en un analista en relación a una
decisión, podemos incluir la conjetura que se pueda producir una operación
fundante en ese acto, y en tanto tal ligada a la repetición y a la marca. Hay
interesantes disertaciones al respecto en la Revista
Conjetural número 36, en especial el trabajo Una Lógica de la castración de S. Glasman
[9]
Porge, E, Transmitir la Clínica Psicoanalítica ,
editorial Nueva Visión 2005
Palabra y objeto (1). Por Vanna Andreini
Un inquisidor amarillo
de largas manos
cruzadas
restaura mi cara
no domino
los músculos
abro cierro
retuerzo la boca
escupo palabras
masticadas
técnicamente perfecto
practica una incisión
sobre el borde
de la mandíbula
derecha
recuerdo todo
invento todo
me hundo
en la precisión
de sus manos
asépticas
estirando mis nervios
¡Dios! te vi
en la cara de mi padre
testigo
dolido y satisfecho
prometo no morir
prometo vivir
en sus palabras
niña de nuevo.
(1) Furias. Ediciones Belleza y Felicidad, Buenos Aires,
2003.
Ixtlán, el viaje definitivo. Por José Luis Aguirre
Este es un escrito sobre el misterio. Uno que nos acompaña
callado durante el día, como un depredador que espera la noche para saciar su
instinto.
El peligroso arcoiris. Por Eduardo Galeano.
Richard Nixon, prestigioso historiador, lo tenía claro. En 1972, cuando era presidente de los Estados Unidos, dictó a sus colaboradores más cercanos un curso relámpago sobre la decadencia de Grecia y Roma:
–¿Ustedes saben lo que pasó con los griegos? ¡La homosexualidad los destruyó! Seguro. Aristóteles era homo. Todos lo sabemos. Y también Sócrates. ¿Ustedes saben lo que pasó con los romanos? Los últimos seis emperadores eran maricones…
En 1513, unos siglos antes de esta lección magistral, Vasco Núñez de Balboa había arrojado a cincuenta indios a las bocas de los perros que los destriparon, “porque para ser mujeres sólo les faltan tetas y parir”.
En Panamá, como en muchos otros lugares de América, la homosexualidad era libre, hasta que irrumpieron los conquistadores. Aquella noche de 1513, Balboa inauguró en estas tierras el castigo del nefando pecado de la sodomía.
Eran los tiempos de la Santa Inquisición. Tiempos de nunca acabar. En España, la Inquisición duró tres siglos y medio. La herejía de la diversidad, en todas sus formas, fue condenada a suplicio o muerte en varios lugares de Europa y de América. Muchos homosexuales, hombres y mujeres, fueron quemados vivos. La hoguera los redujo a cenizas “para que de ellos no haya memoria”.
Una época superada, se supone. Pero el humo llama.
La sagrada familia
En vez de pedir perdón a sus víctimas, la Iglesia Católica repite las antiguas maldiciones. Recientemente, la Santa Inquisición , que ahora se llama Congregación para la Doctrina de la Fe , lanzó desde el Vaticano una campaña mundial contra el matrimonio de parejas homosexuales, “una grave inmoralidad que contradice el plan de Dios y la ley natural”.
De inmediato, los altos funcionarios de la Iglesia en el mundo hicieron eco a la voz de mando. En el Uruguay, el arzobispo Nicolás Cotugno declaró que la homosexualidad es “una enfermedad contagiosa”, recomendó aislar a sus portadores y comparó el matrimonio homosexual con la unión entre un hombre y un animal.
La Iglesia está preocupada, desde hace ya unos cuantos siglos, por la sexualidad humana. De Papa en Papa, ha ido estableciendo la rígida frontera entre el pecado, que es casi todo, y lo poquito que nos deja de consuelo, porque de algún modo hay que reproducirse. Desde el Sumo Pontífice hasta el último cura de pueblo, no hay sacerdote que no sea experto en sexo. Como todos ellos han hecho voto de castidad, no se sabe cómo pueden entender tanto sobre una actividad que tienen prohibido practicar.
Leyendo esta última condenación del Vaticano, a uno le vienen ganas de preguntar a los sexólogos celestiales: si el matrimonio heterosexual es una “ley natural”, ¿por qué ustedes no se casan? Y si los homosexuales contradicen “el plan de Dios”, ¿por qué Dios los hizo así?
Otro especialista en el Bien y el Mal, el presidente George W. Bush, coincide con el Vaticano en la condenación del casamiento homosexual y se pronuncia contra la adopción de niños por parejas que no constituyan un matrimonio normal, “entre un hombre y una mujer”.
El presidente, que no es católico, hace suya esta cruzada papal. No es la primera vez que Bush y el Papa descubren que son tal para cual. Los dos tienen comunicación directa con el Cielo, por teléfonos diferentes. En algunas ocasiones, como en la reciente guerra de Iraq, reciben órdenes contradictorias. En otras, en cambio, forman un frente común. Han estado, y seguirán estando, unidos en causas tan sagradas como la promoción de la abstinencia sexual entre los jóvenes y la lucha contra los medios anticonceptivos y contra el aborto.
Con su habitual amplitud de criterio, en estos temas Bush no sólo ha coincidido con la teocracia vaticana, sino también con los fundamentalistas islámicos: los puritanos unidos jamás serán vencidos. Y cada vez que tales asuntos se han planteado en las Naciones Unidas, Bush ha votado de común acuerdo con sus enemigos jurados, Irán, Libia, Sudán e incluso Iraq, antes de que ese país recibiera el huracán de misiles que él le envió en nombre de Dios y del petróleo.
Y sin embargo, se mueve
La cruz y la espada se están alzando, como en los viejos tiempos. Con toda razón: en estos últimos meses, la homofobia viene sufriendo graves atentados. Por todas partes cunde eso que el Papa llama “conducta desviada” y “legalización del Mal”.
A mediados de este año, la Corte Suprema de los Estados Unidos dicta una sentencia histórica. Es inconstitucional, dice la sentencia, la ley de Texas que castiga la homosexualidad como un crimen. El dictamen implica la nulidad de las leyes semejantes en otros doce estados de esa nación.
Mientras tanto, en New Hampshire, por primera vez en la historia del cristianismo, los fieles y el clero de la Iglesia Episcopal eligen un obispo que es abiertamente gay. Massachusetts está a punto de legalizar los matrimonios homosexuales. En Vermont, ya el Registro Civil reconoce la legitimidad de esas parejas.
En Canadá, desde principios de este año, los homosexuales pueden casarse en Ontario y en Columbia. Ahora hay bodas homosexuales en Bélgica, como ya las había en Dinamarca, Holanda y Suecia.
Diversas variantes de unión legal, más o menos parecidas al matrimonio según el país, rigen en Noruega, Finlandia, Islandia, Francia, Alemania, Hungría, Croacia y en algunas regiones de España. Y en la ciudad de Buenos Aires, por primera vez en la historia latinoamericana, ya se celebra, también, la unión legal entre personas del mismo sexo.
Todas estas “graves inmoralidades”, actos de libertad y de salud mental, no son regalos: son conquistas. Son el resultado de la porfiada lucha de los gays y las lesbianas contra la discriminación y la violencia. Entre todos los placeres que merecen el infierno, el amor homosexual es, todavía, el más ferozmente reprimido. El machismo y la estupidez armada han disfrazado de normalidad esta atrocidad, y la han convertido en costumbre.
En más de setenta países, la ley castiga las relaciones homosexuales. En muchos, con cárcel. En algunos, con flagelación o pena de muerte. En otros, donde la pena de muerte no es legal, los escuadrones parapoliciales y los enfermos de fanatismo cumplen sus ceremonias de purificación: limpian las calles torturando, mutilando y asesinando a quienes, por el solo hecho de existir, constituyen un escándalo público. Los gays y las lesbianas están malditos en la tierra y en el cielo.
Hace cinco años, el primer ministro de Malasia llegó a denunciar que eran una amenaza para la seguridad nacional. En el Más Allá, también tienen cerrada la puerta. Como escuché decir a la madre de una joven lesbiana: “Lo que más me duele es saber que no estaremos juntas en el Paraíso”.
Pero ellos y ellas, los raros, los despreciados, están generando, ahora, algunas de las mejores noticias que nuestro tiempo transmite a la historia. Armados con la bandera del arcoiris, símbolo de la diversidad humana, ellas y ellos están volteando una de las más siniestras herencias del pasado. Los muros de la intolerancia empiezan a caer.
Esta afirmación de dignidad, que nos dignifica a todos, nace del coraje de ser diferentes y del orgullo de serlo.
Como canta Milton Nascimento: Cualquier manera de amor vale la pena, cualquier manera de amor vale amar.
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